martes, 22 de marzo de 2022

Helado en la madrugada

 

La noche es fría.

Tengo hambre.

Quiero helado.

Pocas posibilidades.


Ha sido un día largo, de los últimos que quedan de invierno. Acabo de montarme en el coche tras irme de caminata, una larga y pesada.


Son las cinco de la madrugada, o eso logro discernir en el reloj del coche; igual me equivoco con el termómetro. No hay helado en la casa que tengo que volver a vivir. Ni tampoco tiendas abiertas. Paso por bazares, enclaustrados en verjas metálicas. Los supermercados están apagados. Ninguna gasolinera tiene servicio 24 horas ni dependiente nocturno al que romper la tranquilidad. Cualquier local de comida rápida está inerte, desprendiendo la mortecina luz anti-insectos que previene a la mugre de la cocina llenarse de larvas y moscas.


Mis ojos pesan. Controlo el vehículo puramente por memoria muscular de mis brazos en el volante. Aunque en la radio suena una extraña mezcla de Jazz ambiental con sintetizador electrónico bastante pegadizo, no logro quitarme la idea de comerme un cono de nata y chocolate.

Mi fuerte apetito por el lácteo escarchado y dulce pelea contra toda posibilidad de ser satisfecho, en el peor momento de la jornada y en el peor momento del año para la venta de polos.


En el campo de visión de mis retinas vidriosas atino un monolito de plástico brillando. Está en medio de la acera, en extrema soledad. Una máquina expendedora de bombones congelados. Aparco torpemente mi carro. Como un golem desciendo y ando hacia la máquina expendedora. El cartel del logo que lo adorna está descolorido, igual están las etiquetas de los botones. No se distigue nada. Sólo es visible una minúscula pantalla digital anticuada.


Pulso un botón al azar, sale "1.10" en rojo en la pantalla. Me da igual el producto. Saco mi cartera, tengo cuidado con el gélido viento que sopla fuerte, a pesar de que no tengo ningún billete que pueda soplar, sólo chatarra de monedas. Junto un puñado de céntimos, siendo el más grande de ellos una divisa de 20.


A pesar del sopor cerebral, razono que es mejor meter las monedas más pequeñas para ver si sirven, y además en caso de que se atasque con alguna moneda, perder lo menos posible. El contador de la pantalla llega a 1.10. Pulso el botón de producto. No pasa nada. Igual me he equivocado de botón. Pulso otro que me suene haber pulsado primero. Nada. Pulso el botón de devolver dinero mosqueado, sabiendo que tendré que volver a hacerlo, y que igual no me devuelve el dinero. Retintinea fuertemente el habitáculo de devolución. Recojo el dinero. Nada de devolverme monedas de mayor valor. Eso habría sido conveniente, práctico. Insidioso, vuelvo a contarlo. Está justo como lo metí, las mismas monedas.


Para no cometer errores, pulso todos los botones. Todos marcan "1.10". Meto las monedas de nuevo, ceremonialmente. Me pongo a contar cada posición de botón, para cercionarme que pulso el primero.

Presiona con el dedo índice. Mucha gente ha perdido la costumbre de usar el índice ante tanto mando de televisión y teléfono móvil. Yo me cerciono de seguir usándolo, es más largo y llegas antes para pulsar, se ahorra tiempo. No sé cuánto tiempo ha pasado, me he quedado absorto de tanto reflexionar sobre dígitos.


Miro en el cajón de donde debería salir el producto. No hay nada salvo un par de hojas y envoltorios de plástico. Infuriado, pulso todos los botones. Nada, salvo la calderilla del botón de devolución. Paso de meter otra vez el dinero. Aporreo la máquina. La zarandeo. Cuesta. Los que fabricaron este armatoste pusieron empeño en hacerlo tan seguro como una caja fuerte, a prueba de mocosos vandalistas y yonquis desesperados por robar las ganancias. Comienzo a ladearlo. Va cogiendo impulso. tras varios minutos, la máquina vacila sobre uno de sus vértices. En un instante eterno, se mantiene en equilibrio, y cae en redondo.


El frontal de la máquina revienta como una puerta echada abajo por la policía. El interior es una cámara de celdillas frigoríficas, llenas de ruedecillas y engranajes como un reloj suizo. Una neblina breve se escapa. Rebusco en todas las oquedades. Ni un solo bombón crocanti o sandwich de nata. Solo encuentro una rata criogenizada. La cojo. Podría haber sentido asco, podría haber cavilado sobre cómo llegó hasta ahí, pero sólo quiero cercionarme de que es un helado. Tiro la rata.


Decepcionado, vuelvo al coche.


La luz solar asoma macilenta por el horizonte. Ya no suena jazz alternativo en la radio, sólo un comentarista casposo haciendo publicidad sobre seguros de auto. Continúo mi ruta. Con más hambre y frío. El sueño me invade al volante. Los ojos pesan más que el mercurio. A la orilla de una playa, una brisa cálida me acaricia sentado a la mesa. Ofrezco un helado a una mujer que se acerca...













martes, 10 de agosto de 2021

Situaciones de besugo

 Basado en hechos reales.


Entraba en un Mercadona, todo sudoroso del calor juliano. Mi intención era pillarme un paquete de galletas de chocolate blanco con limón. Había tenido un día de mierda, venía rebotado del coche y solo quería hincharme a azúcar. No deambulo por los pasillos, voy directamente a la sección de dulces y bollería. La música baratera de supermercado me inunda los oidos

Allí encuentro mi paquete de galletas de chocolate blanco con limón. Estoy a dieta, pero cuando me la salto, quiero hacerlo con algo que me gusta realmente. Gracias a los genios de estrategias de marketing, en la estantería hay otro paquete de galletas de crema cacahuete con chocolate. Me puede la gula y me lo pillo también. Memorizo la suma de los precios.

No queriendo comprar la sección entera, marcho a paso acelerado a la caja registradora. La gente a mi alrededor observa estupefacta cómo recorro los pasillos cual atleta de marcha olímpica. Busco una caja registradora sin colas. Solo veo viejos con bolsas de pimientos y mujeres exacerbantemente mantecosas con carros de la compra llenos a rebosar. 

Una voz se alza.

-¡Por aquí!

Un empleado me llama, está libre. Corro a la cinta de la caja registradora y arrojo los dos paquetes de galletas. No aparto la vista en ningún momento de mis presas. Hago malabares mentales para evitar abrirlos sin pagar. Saco el dinero exacto de mi cartera, o casi, me van a sobrar cinco céntimos.

-Hola, buenos días soy Luis.

Alzo la mirada. Un hombre, veintialgos años, esbelto, uniformado sosamente de verde, pero con un peinado y bigote muy bien cuidados, el resto de su imagen acicalada. Efectivamente porta una pequeña placa en el pecho donde se lee "Luis". No me fijé en más detalles por las prisas.

-Buenas.-Contesto sosamente.

Luigi procede a escanear mis galletas.

-Uuuy estas galletas son muy buenas, qué buen ojo tienes. Yo suelo comerme unas cuantas todos los fines de semana.

-Si.-Contesto sosamente.

-No te van a durar mucho ¿verdad?.

-Son para compartir en el trabajo.-Miento descaradamente. Estoy con contrato de prácticas, y no voy a compartirlas con nadie. 

-Aaay qué considerado. ¿Vas a querer bolsa?.

-No hace falta, no estoy lejos de donde voy.-Verdad a medias, las galletas no van a durar ni un minuto después de salir del supermercado.

Luis teclea la máquina registradora. Se gira para sonreirme, apenas lo veo porque estoy acopiando las cajas de galletas.

-Son dos con cuarenta y cinco.

Saco dos euros y medio. Luis me tiende la mano delicada y atentamente, pero suelto el dinero en la encimera de la caja registradora. 

-Ains, no sé si voy a tener cambio de cinco céntimos.

-Quédese con el cambio.

-Ooh no no, ¡no quiero quitarte dinero!.-Exclama Luigi mientras saca una diminuta moneda acompañada del ticket de compra.

Se lo arrebato rápidamente cual gaviota robando bocadillos de calamares a un turista. Luigi prosigue hablando mientras guardo el dinero y el papel.

-Oye, no eres muy de por aquí ¿verdad?. Yo suelo trabajar el turno de mañana y nunca te he vis...

-No.-Contesto con cortante sequedad.-Adios buen turno.

-Adios que tengas un día estupendo ¡vuelve pronto!

No oigo nada más, como un jugador de rugby me largo a toda leche con las galletas bajo el brazo. 

Fuera del Mercadona, me marcho a la calle de al lado, a la sombra me papeo  el primer paquete de galletas, chocolate con cacahuetes. No está nada mal. No tardo nada en  vaciar su contenido y realizar la misma acción con el paquete de galletas de chocolate blanco con limón. Sabroso, pero ni por asomo llena mi vacío existencial. Tiro los envoltorios a un contenedor de reciclaje. Voy al coche y arranco.

Medito sobre mi impulsividad alimenticia mientras salgo del barrio y tomo la salida. Como un relámpago centelleante, un Eureka de lo rídiculo, me hago consciente de lo que me ha pasado.

-¡Noooo, hay que joderse!¡Me cago en los curas enanos!.- Grito mientras aporreo el volante.

Por culpa del ansia viva, he tirado por la borda una posible cita solo para irme a comer galletas. Igual no habría conducido nada a medio-largo plazo, pero igualmente me habría llevado unas galletas el fin de semana. 

Mientras surco la carretera nacional, hago rugir el débil motor del coche, en un intento de ahogar los pensamientos de vergüenza y culpabilidad. El asfalto se vuelve testigo de mi estupidez mientras desaparezco por el horizonte...




miércoles, 14 de julio de 2021

Sobre mi único odio sin sentido

     Yo lo admito. Soy una persona pasional. Me pongo rápidamente nervioso y entro al trapo con cualquier tema. Ya sea sobre qué coches son mejores (aun nunca habiendo pasado de cambiar el aceite o la rueda a alguno),  sobre el inexcruciable dolor que es existir en este mundo, o cómo cocinar con un horno. Da igual, entro al trapo automáticamente. Cojones, el mismísimo origen de este blog es porque me va opinar cual tertuliano esquizofrénico.

    Pero, al final del día, muy al final ciertamemente, hay moderación. Y si he errado con mi opinión, corrijo lo equivocado. Siempre fundamento todo lo que hago de la forma más empírica y racional que mi cerebro es capaz de procesar. Nunca actuo con rencor infantil.

    Salvo un tema.

    Los platanos.

    No los tolero. Un torrente de intransigencia me invade. Aberro su olor, su tacto, sabor, aspecto...A lo sumo doy cabida a su imaginería. Cuando un plátano se planta ante mi cara, ya sea en el super o alguien comiéndolo por la calle, inconscientemente el rostro se me torna en una mueca desagradable y taciturna. Algo así.

    

Mirá lo que descubrí de Wilson Fisk - Humor en Taringa!


    Mi odio es puro e irracional. 

 

    Las venas se me llenan de vinagre, del estómago me empieza a ascender reflujo a cal viva. El humor vítreo de mis ojos se nubla, los dientes me rechinan como hierro quemado. Miles y miles de ondas eléctricas salen de cada una de las células de todo mi cuerpo, recorriendo la espina dorsal y aunándose en lo más recóndito de mi mente, como un fantasma, que sale despedido en forma de un géiser de manía cáustica.

    No tengo nada en contra de las islas Canarias, están habitadas por buenas gentes, incluso he tenido algúna amistad o romance con personas nacidas en Canarias. Pero de ser necesario para la extinción del plátano de Canarias y sus allegados, bombardearía con napalm el archipiélago africano. Sin remordimiento, sin lágrimas.

    Aún más. Si tuviese que dar la vida para garantizar la completa extinción de los plátanos en la Tierra, lo haría. Aunque supusiera una muerte agónica y lenta como el deslizar de un caracol. Incluso a pesar de que no tendría sentido borrarme del mapa si no voy a tener que compartir mi existencia con más plátanos. 

     Símplemente, la gratificación de saber que ni yo ni nadie más comerá plátanos me es suficiente para ir con la conciencia en paz a la tumba o fosa que me toque como destino.

 

    Yo no pido ser un mártir, sólo lo justo: un mundo libre de excesos bananeros.



    Bueno compadres, ¡hasta la próxima!




miércoles, 29 de mayo de 2019

Hellboy (2019): Mejor vete al averno

O a ver un partido de la Champion, para mí es lo mismo.

Hace ya más de diez años que se estrenaron las dos primeras películas de Hellboy. Basadas en los comics de la editorial Dark Horse y dirigidas con más o menos gracia por Guillermo del Toro, fueron estupendos cuentos de fantasía y horror en mayor o menor medidas bien filmados.

Hellboy 2019, no lo es.

Fan-art de la atrocidad en cuestión. Cortesía de Andrés Collado.


Como en las anteriores películas, el comienzo es un pequeño cuento. En este caso el rey Arturo y sus fantabulosos caballeros  están combatiendo hordas de la plaga  engendradas por  magia oscura, culpa de una malvada bruja llamada Nimue la Reina de la menstruación abundante Sangre.

Pero el rey Arturo es un bling bling boy y en su brillantuda armadura XXL y con Excálibur y Merlín a su lado logran derrotar a la bruja Nimue. La despedazan en 7 cachos y manda a sus caballeros pachorreros con un cacho de bruja cada uno a rincones remotos del mundo. Algo así como pedir por Amazon dilatadores uretrales de Afghanistán.

Obviamente dividir a la bruja en siete trozos no es suficiente para detenerla. Seguro que alguien consigue juntarlos todos. Pero el rey Arturo no sabría contar más allá de siete así que siete cachos debió de parecer muchos.

A partir de aquí, me perdí.

Aparece Hellboy, antaño retratado como un macarra descarado, ahora es un niño gigante gangoso e indignado constantemente (como yo, incluído la piel roja, pero en mi caso porque me he quemado haciéndome el chulo sin camiseta bajo el sol de Mayo). Y con un jeto que parece que se ha caido veinte veces por las escaleras.

Sé que Hellboy tiene que visitar Inglaterra porque, ah sorpresa, alguien está reuniendo a la bruja Nimue por fascículos. Se encuentra con más jolgoriosos caballeros, que se dedican a vestir de mayordomos si no están cazando gigantes.

Joder recuerdo que durante sus aventuras con los alegres caballeros machacagigantes, no paraba de haber escenas de transición de caballos galopando.

A decir verdad la película está plagada de transiciones. Siempre es Hellboy llendo de un sitio a otro. No me extrañaría haber encontrado una secuencia de Hellboy de paso comprando desodorante y pañales de adulto en un Lidl. O Hellboy llendo a bañarse al río (oh, espera, eso sí ocurre, ups perdón por tan grande spoiler).

Literalmente la película es quedarse sentado viendo cómo te presenta personajes para luego relegarlos a la irrelevancia. Cada escena dura como mucho dos minutos, matando cualquier posibilidad de crear pulsos narrativos o giros de trama. Si no dejas fluir la acción de una escena, lo que haces es meramente matar la continuidad de la película y convertirla en una sucesión de decorados y diálogos inconexos entre los personajes.


Podría pararme a explicar la importancia de montar y editar una película a la hora de presentársela al espectador, pero da mucha pereza hacer de profesor sabihondo.

Todo en la peli es irrelevante para la trama. Oh sí, Lobster el nazisterminador aparece rescatando a Hellboy con su papá mafioso, la señora que vende fish and chips en Inglaterra tiene un subfusil,que están fabricando una bala de plata para matar a Hellboy en caso de que sea malvado (¡sorpresa, no la usan porque Hellboy ha sido siempre un buen tío!). Todo es irrelevante.

¿Quieres un resúmen de la peli?

1-El rey Big McArturo convierte en un puzle a la bruja Nimue.
2-Hellboy se pira a Londres porque se lo pide su papá el Padrino; allí se dedica a matar el tiempo haciendo otras chorradas como conocer a su compañero de aventuras Nº 2 y compañero de aventuras nº3.
3-Lo inevitable pasa: Nimue convoca una horda de monstruos neogóticos para arrasar Londres, pero qué bien, resulta que al lado estaba Excalibur, y Hellboy la usa para mandar a la bruja Nimue a Infiernolandia a hacer yoga con el rey Luis XVI.
 4-Escena de dos minutos para dar paso a una secuela y...créditos finales con los criminales responsables de hacer la peli.

¿Cómo lo habría hecho yo la peli? Mandar por paquete express a Excálibur enganchado a un muelle a ver si la bruja Nimue pica y se decapita ella sola. Así Hellboy habría tenido tiempo para ir a la escuela de adultos a estudiar telemarketing u opositar a jardinero municipal.


 Tengo ganas de irme a dormir así que voy a ir acabando. Creáis o no, la biología sí condiciona al escritor. Me habré dejado algún par de cosas en el tintero (el maquillaje FX bastante decente, personajes de la mitología rusa...), pero sudo enormemente.

 ¿Realmente merece la pena estirar una saga a base de mediocridad? Nope.
¿Realmente era necesario hacer un reboot para renovar la saga y romper con el público de la anterior? Que no ¡coño!

Duele mucho ver cómo mutilan el nombre de buenas películas porque la productora de turno quiere hacer unos millones de más de forma segura, rápida y sin pasión.

No veáis la peli de Hellboy (2019), y menos aún en España, donde ha sido fuertemente censurada para abarcar al público preadolescente. Tampoco os molestéis en ver la versión americana sin censura, he sufrido la miseria de ver ambas versiones (¡sí, me la he tenido que tragar dos veces!) y tampoco mejora, sólo hay abundancia de mutilaciones.

Donde realmente pertenece Hellboy


Hasta la vista público, iros a ver "La tumba de las luciérnagas", al menos os echaréis unas risas.